En nuestros orígenes... - Alejandra Liliana Tavío Aguilar

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En nuestros orígenes...

En nuestros orígenes primitivos, el mecanismo del estrés cumplía el propósito de preparar a los seres humanos para responder a estados de emergencia que le representaban una amenaza física (presencia de un depredador). La forma de responder a este tipo de emergencia era, por lo general, huyendo o peleando, respuestas para las cuales se requiere una gran cantidad de energía y fuerza muscular. Los cambios hormonales y otras alteraciones fisiológicas que se producen en estados de estrés van dirigidas a lograr esto.

En nuestra moderna sociedad no tenemos que enfrentarnos por lo general a animales salvajes (al menos en el sentido literal del término). Sin embargo, nos enfrentamos a situaciones de otro tipo tales como problemas en el trabajo, o de pareja, con los mismos mecanismos con los que nuestros antepasados se enfrentaban a los animales salvajes. El problema surge a causa de que los cambios habidos en la sociedad se han dado en forma tan veloz que no han permitido al proceso evolutivo, que es sumamente lento, adaptarse a los mismos. Si la comparamos con los cientos de miles de años que el ser humano lleva sobre la tierra, veremos que la vida civilizada es una condición sumamente reciente. Por lo tanto, estamos utilizando aún mecanismos que fueron desarrollados para lidiar con los peligros que comúnmente se presentaban en la vida de las cavernas.

En la vida cavernícola los estados de emergencia duraban a lo sumo unos pocos minutos. Una vez superada la emergencia, el nivel de hormonas secretadas y los procesos fisiológicos volvían a su estado normal. En nuestra moderna sociedad el mecanismo del estrés se activa, no tanto a causa de peligros momentáneos, sino a causa de estados emocionales prolongados (como por ejemplo, una situación de infelicidad en la pareja) o que se repiten a diario (como por ejemplo las colas para ir y para regresar del trabajo). Bajo dichas circunstancias las hormonas secretadas pueden comenzar a causar grandes daños a nuestro organismo. Entre estos daños se incluyen: fatiga, destrucción de los músculos, diabetes, hipertensión (la mitad de quienes la padecen, no lo saben, se debe entre otras cosas a que un estado crónico de “lucha o huida”, transforma una presión alta transitoria en permanente), úlceras,  impotencia, pérdida de deseo sexual, interrupción de la menstruación, aumento en la susceptibilidad a enfermedades, y daños a las células nerviosas. La misma relación se ha encontrado entre el estrés y el dolor de cabeza, artritis, colitis, diarrea, asma, arritmia cardíacas, trastornos circulatorios (manos y pies fríos) y  cáncer.
Algunos estudiosos apuntan que lo que más impresiona de estos daños es el hecho de que, tomados en conjunto, se parecen mucho a lo que sucede en el proceso de envejecimiento.

Hasta ahora hemos tratado al estrés como algo debilitante y con efectos patológicos, sin embargo no es así, el ser humano necesita de estímulos para poder orientar su actividad biológica en relación con su medio, con la realidad que le circunda, estamos progamados/as para recabar experiencias, para desarrollar nuestra capacidad investigatoria, incluso de las experiencias negativas. Es decir, ¡el estrés básicamente es saludable: sólo en dosis excesivas tiene efectos patológicos!

Abordando esta última dimensión del estrés, la dosis (a parte de la dimensión de la aversividad de un estímulo y de las posibilidades individuales de dominio) en la que aparece, encontramos que esta dosis está compuesta por tres variables:

  • La aversividad que viene dada por (la intensidad del estímulo x el grado de novedad que presentan),

  • La duración

  • La multiplicidad

Variables con las que los estímulos de estrés actúan sobre el ser vivo y con las que se determinan la dimensión del peligro provocado por el mismo.
Solo cuando el organismo no dispone de técnicas de dominio, psicológicas o biológicas, cuando no es capaz de eliminar a tiempo y adecuadamente el efecto estimulante y excitante de los estímulos de estrés, cuando peligra el balance energético, podemos hablar de una sobredosis, y por tanto, de estrés peligroso y patológico.


 
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